viernes, 23 de enero de 2015

GUÍA DE SUPERVIVENCIA

Nunca olvides quien eres. No esperes a que alguien te lo recuerde, porque quizás ese día nunca llegue. Mírate al espejo y siéntete orgulloso de ti mismo. Lima tus defectos en medida de lo posible, pero no reniegues de ellos, son parte de ti. Dicen que nadie es perfecto, ya que es algo subjetivo. Si eres fiel a tus principios, si luchas por mejorar y no te rindes ante las adversidades, ¿hay algo más perfecto que eso?

Sonríe, aunque a veces cueste y creas que tienes muchos motivos para no hacerlo. Si sonríes el mundo tarde o temprano te devolverá sonrisas, y aunque no sea así, sonríe igualmente. Empatiza siempre, ponte en el lugar del otro aunque te cueste, ya que la terquedad es un mecanismo de defensa que nunca te llevará a nada bueno. No seas egocéntrico salvo para quererte a ti mismo y para valorarte. Los demás te pueden aportar mucho, no te lo pierdas.

No te guardes las cosas importantes. A veces es importante callar y escuchar. Y otras veces es importante hablar. Los nudos de tu estómago sólo los puedes deshacer tú. Y si no te quieren escuchar, entonces es que no les importas lo suficiente. No sufras pensando en que tenías que haberte callado, si la otra persona no fue capaz de entenderte, no merece la pena.

Porque te digan que algo está mal no significa que sea así. Tienes que tener la capacidad de analizar tus actos, y mantener una actitud crítica. No hay nadie en el mundo que tenga la razón siempre, ni tú, ni los demás, no lo olvides.


-- Qué fácil es dar consejos, y qué difícil es cumplirlos--

Esto queda aquí, perenne, por si algún día me pierdo en el camino, recordarlo.

miércoles, 21 de enero de 2015

DIARIO DE UNA PRECARIA

Todo empezó aquel día. Fue una premonición de lo que me esperaba, pero una premonición real, que me helaba el corazón y a su vez me hacía hervir la sangre. Me sentía bien estudiando Trabajo Social, ya que me gustaba la idea de ayudar a los demás y a su vez me sentía capacitada, había descubierto mi vocación. Cuando supe como funcionaban las prácticas de la carrera, me ilusioné, me esforcé por sacar buena nota en la asignatura que había que aprobar para hacerlas y así elegir el sector, y así fue. Saqué un sobresaliente y decidí, dentro de las pocas posibilidades que existían en mi ciudad, hacerlas en el sector de las drogodependencias. Pero llegó el día de reunirnos con el centro y de darme de frente con la realidad. Yo iba vestida normal, lo que para mi es normal. Eran prácticas, era una buena estudiante, pensaba que mis piercings o mi ropa no serían una traba, pero me equivoqué. El trabajador social de drogodependencias decidió que no quería que yo estuviera con él durante ese año. Ni mis buenas notas, ni que yo fuera la única que quisiera hacer las prácticas en ese ámbito sirvieron para nada: "no la veo aquí", y me trasladaron. La primera impresión y los prejuicios me golpearon en la cara. No voy a negar que me encabroné mucho, lloré y vertí todo tipo de insultos sobre esa persona que no me conocía de nada y no me daba la oportunidad de demostrar lo que soy. El karma hizo el resto. Hice mis prácticas en otro ámbito y mi tutor me enseñó mucho, y me echó un cable para que pudiera hacer después prácticas remuneradas y una beca. También me enteré de que el trabajador social de drogodependencias era, como sospechaba, un ser deleznable. Llamaba "trolls" a los pacientes, tenía todo el despacho decorado con fotos de toros... Me hizo un favor discriminándome.

Corría el 2007, el tiempo del "España va bien". Acababa de terminar la carrera y ya estaba pensando que tenía algo pendiente: estudiar Sociología. Una pasión que descubrí en la carrera de Trabajo Social. La Sociología me ayudaba a entender muchas cosas que ocurrían a mi alrededor, me aportaba conocimientos y conceptos que yo pensaba pero que no sabía expresar. Siempre me inquietó el ser humano, como nos relacionamos, como funciona el mundo. He de decir que el ser humano es la mayor lacra de la humanidad. A lo largo de los siglos nos hemos matado unos a otros, nos hemos pisado y poco a poco vamos destrozando el medio ambiente. Vivimos en un mundo donde predomina el individualismo y el ojo por ojo. Vivimos en un mundo repugnante.

Con mis dos carreras, volví a mi ciudad. Es una ciudad pequeña, donde las oportunidades laborales no son muchas, y menos en el ámbito social. Año 2010. La crisis ya estaba presente y era totalmente consciente de que iba a ser difícil encontrar mi sitio profesionalmente hablando. ¡Qué ilusa! Cuando estudiaba pensaba que al tener dos carreras relacionadas las empresas se me sortearían, ganaría un buen sueldo, me dedicaría a lo que me gusta y todo sería un mundo de arcoiris, piruletas y gente bailando congas multitudinarias. Ilusa, idealista... Precariedad.

A partir de entonces ese es mi apellido: precariedad. Conseguí una beca como trabajadora social, donde no cotizas pero trabajas como cualquier asalariado más. Se supone que son becas para que después tengas la oportunidad de quedarte en la empresa, pero en realidad las empresas cogen becarios porque así tienen a gente trabajando mientras los que les pagan son el Estado. Una vez se acaba la beca, cogen a otro, y así en un círculo infinito basado en aprovecharse de los demás.

Tuve que abrir mi mente y asimilar que, al menos de momento, y por un tiempo incierto, tendría que sacarme las castañas del fuego en el ámbito en el que me dieran una oportunidad. Eso es duro para una persona que ha invertido muchos años, y sus padres mucho dinero, para recibir una educación. No menosprecio otros ámbitos laborales, simplemente entiendo que si estudio dos carreras del ámbito social, debería dedicarme al ámbito social.

Probé suerte. Encontré un trabajo en un salón de juegos, ámbito que nada tenía que ver con lo mío, pero que me permitiría ahorrar un poco de dinero y comenzar otra aventura: en Barcelona. Barcelona tiene más oportunidades pero también tiene más gente, mucha gente, demasiada gente. Trabajos en los que te piden experiencia de muchos años, trabajos en los que si no tienes el certificado de nivel C de catalán ya te echan para atrás, trabajos en los que hace falta que hables tres idiomas, que te preguntan si sabes coser cuando el puesto es de trabajadora social. Sólo quiero ayudar a la gente, aplicar mis conocimientos y experiencia ayudando a la gente o investigando para conocer la realidad que nos rodea. ¿Me pueden ayudar para que yo ayude a los demás? No creo que sea algo egoísta. Ni siquiera pienso en el dinero, más que en hacer lo que sé hacer. Estoy aprendiendo catalán, dedicando horas y horas a buscar empleo y hay momentos desesperantes, en los que te sientes inútil, cuando realmente sabes que vales mucho más de lo que cualquier persona dedicada a la selección de personal en quince minutos puede descubrir.

¿Cómo voy a tener X años de experiencia si me cierran las puertas? ¿Cómo voy a aceptar las becas que me ofrecen de 9 horas al día por 300 euros mensuales? ¿Están de broma? Una cosa es asumir que tal y como están las cosas seguramente no se me pagará lo que me merezco, y otra muy distinta es permitir que se me explote, se me ningunee y se me trate como ganado.

Soy una persona. Y ustedes, empresarios y ett's deberíais empatizar un poco, mirarme a los ojos en las entrevistas, preocuparos por conocerme un poco más allá de las cuatro preguntas reglamentarias que hacéis porque así os va bien y ganáis lo mismo. Habéis conseguido que los "no" ya no duelan, porque la mayoría de las veces ni siquiera os molestáis en darlos, simplemente desaparecéis, ya que consideráis que es más fácil no decir nada que decir algo negativo. Prefiero mil veces un "no cumples el perfil que necesitamos" o "hay una persona que consideramos mejor" al silencio. Es una falta de educación, una desconsideración, una falta de empatía enorme. Me dan ganas de volver a la empresa, de zarandearos y gritaros: ¡DECID ALGO, JODER! Pero no me merece la pena.

He llegado a aceptar trabajos sin contrato, trabajos con contratos llenos de irregularidades, contratos temporales en los que no sabes qué día trabajarás. Trabajos mal pagados, trabajos que nada tienen que ver con lo mío... Muchas veces he dicho: hasta aquí, y me he vuelto a levantar, porque si no me muevo yo, nunca encontraré mi sitio.

Tengo estudios, me visto como ustedes quieren y les ofrezco todo mi potencial. Ahora bien, ya que yo les doy todo lo que puedo, ¿cuándo me darán una oportunidad medianamente decente con la que poder sobrevivir?

Sigo esperando, en mi camino, con el adjetivo PRECARIA colgado del cuello, a que llegue mi momento.

                                     Y no sé cuando... pero llegará.


martes, 20 de enero de 2015

LA VERGÜENZA

La vergüenza, algo tan necesario y a su vez tan limitante. Me encantan las personas sin vergüenza pero no soporto a los sinvergüenzas. La vergüenza entendida como algo negativo, es todo aquello que te impide mostrarte como eres, decir lo que quieres y hacer lo que te de la real gana. Cuando pierdes la vergüenza das pasos hacia tu libertad. Vivimos en un mundo lleno de prejuicios, de convencionalismos, del qué dirán. ¿Qué dirán? ¿Realmente te importa? A mi no, ya no. Cuando tú te quieres como eres los que de verdad te quieren también lo harán. Da igual que seas un/a payaso/a, un histérico/a, un humorista sin gracia. Da igual que tengas la razón o no, la razón no existe, son los padres, y si tú crees en ti, en lo que haces, y defiendes tu forma de ser y de pensar a ultranza lo que los demás piensen debe darte exactamente igual.

Una cosa debe quedar clara: no tener vergüenza no significa ser un sinvergüenza. Un sinvergüenza lo que no tiene son ideales ni empatía. Un sinvergüenza no se muestra como es, quizás ni siquiera sepa cómo es en realidad, ya que está demasiado preocupado en sobrevivir y beneficiarse a costa de joder a todo aquel que crea necesario.

¿Qué no tengo vergüenza, porque digo lo que pienso, porque me visto como quiero, porque eructo en público, porque si quiero gritar grito, porque si quiero hacer la croqueta la hago, porque si me apetece hacer un chiste malo, o hablar con un desconocido, o escribir un blog sobre lo que me de la gana lo hago? Pues no, no tengo vergüenza, y me siento muy orgullosa de ello. ¿Y ellos, se sienten orgullosos de ser unos sirvengüenzas? Esas personas sin valores, sin actitud crítica, esas personas que son políticamente correctas, que van de traje porque es lo socialmente aceptable, que se operan porque no se pueden gustar a sí mismas sin gustarle a los demás. Esos que nos roban todos los días, esos que nos dicen: ya te llamaremos, esos que en nombre de dios se enriquecen y te dicen lo que tienes que hacer para ir a un supuesto cielo que no existe. Todos esos, y muchos más a los que les dedicaré unas "bonitas palabras" otro día creerán que no tengo vergüenza, y no, ya he dicho en varias ocasiones que no la tengo, pero su opinión no me importa, porque sí tengo personalidad y palabra.

Digo alto y claro que sois unos sinvergüenzas y que ya querríais tener una milésima parte de lo que tenemos las personas sin vergüenza.